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Los agentes del cambio del coronavirus

Por Sebastián de los Ríos Echeverri

“There’s a natural mystic
Blowing through the air
If you listen carefully now you will hear
This could be the first trumpet
Might as well be the last
Many more will have to suffer
Many more will have to die
Don’t ask me why
Things are not the way they used to be
I won’t tell no lie
One and all got to face reality now
Though I try to find the answer
To all the questions they ask
Though I know it’s impossible
To go living through the past
Don’t tell no lie”
Natural Mystic- Bob Marley

La letra de esta canción de Bob Marley parece profética a la luz de los recientes acontecimientos que vienen con el Coronavirus. Como Agente de Cambio, si hay algo que es evidente para mi es la invitación que resulta de esta pandemia: la necesidad de propiciar un cambio profundo en todo
nosotros y el llamado a la acción para materializarlo. Lo que puede resultar problemático, es que quizás no tengamos tan claro a su vez que implica
cambiar y que tan conscientes seamos de los sacrificios que debemos hacer para que esto ocurra, pues nuestras motivaciones pueden ser muy diferentes en tanto el cambio no necesariamente lleva a un consenso sobre qué es lo que hay que cambiar y el cómo debemos generar el cambio.

Todo depende entonces de que entendemos cada uno por cambio y el sentido que le damos a esta situación que estamos viviendo. Durante la pandemia me ha resultado curioso ponerme a indagar, a partir de las noticias, los chats, los fake news, las conversaciones con amigos y extraños lo que, a las personas, les suscita está época de aislamiento social y desde un aspecto más profundo la senda de enfermedad y muerte que ha venido dejando el Coronavirus. Para mí, hacer esta reflexión es una manera de darle sentido a lo que estamos viviendo y en cierta medida quiero pensar que este episodio de nuestra historia tiene una trascendencia especial pues
esperaría que después de esto no retornemos al statu quo, que no volvamos al escenario de “business as usual”.

Percibo una serie de patrones que se repiten en torno a las emociones y cuestionamientos que he identificado en las diferentes informaciones que llegan a mí a partir de fuentes variopintas, las que a continuación me permitiré compartir con ustedes:
• Las reflexiones más comunes son las que se centran en analizar desde sus dos orillas, el dilema providencial y perenne propio de nuestra sociedad capitalista en el marco de una pandemia: ¿prima la salud o la economía?, unos optan por justificar que lo primero es más importante, otros lo segundo… creo que no lo sabremos, pues igual toca padecer esta
situación como mejor podamos. Lo que si es cierto es que pocos se preguntan más a fondo si esta catástrofe tendrá algún tipo de “lección” que debamos aprender como humanidad.
• Todavía habrán los que afirman que el Coronavirus es una simple gripa…
• Otros que ven esta pandemia como el resultado de unos chinos que les gusta comer murciélagos y por su culpa que estamos en esta situación…
• Están los que sugieren que el Coronavirus es parte de un complot internacional enmarcado en la guerra comercial que han venido librando los Estados Unidos y China… y que el virus ha sido liberado como un arma biológica.
• Incluso han llegado a sugerir que el virus lo implantaron los aliens reptilianos para diezmar la población buscando apoderarse de nuestros recursos… Una versión alternativa de este escenario es que el virus en este caso no fue implantando por los aliens sino que fue creado en un laboratorio por un grupo de científicos y que se salió de sus manos propagándose por todo el mundo.
• Algunos afirman que esta pandemia es una jugada de las farmacéuticas, para primero enfermarnos a todos y luego vender la vacuna para hacerse aún más ricos y poderosos…
• Los mas piadosos, lo ven como un castigo de Dios por nuestros pecados colectivos y el estado de degeneración en que está el mundo por lo tanto merecemos morir.
• En el caso de los más estoicos, simplemente lo ven como algo que pasó y ya… que solo es un desafortunado impasse que los ha sacado de su zona de comfort impidiéndoles vivir su vida como lo han venido haciendo y están ansiosos por volver a ella lo mas pronto posible…
• Los que han acogido esta situación de pandemia para analizar las implicaciones que ha tenido el aislamiento social sobre las maneras en que nos relacionamos los unos con los otros, en tanto se evidencia que el contacto físico, una cuestión que antes dábamos por sentado, ahora es prácticamente un crimen.
• Y visto desde otra arista, ahora es una oportunidad para reafirmar la paradoja de nuestra época en donde gracias al Internet, la aeronáutica y a los teléfonos móviles estamos más conectados que nunca, pero con el aislamiento reiteramos que aún en la época en que gozábamos de libre movilidad, seguimos igual de solitarios… es decir que no le podemos
atribuir nuestra situación a las restricciones que hoy en día nos toca vivir.
• Asimismo, están los que le atribuyen al virus los retos que en el plano familiar deben enfrentar a lo largo de la convivencia durante el confinamiento. Los que están solos, el hecho de que les haya tocado aprender a estar consigo mismos.
• Se ha asumido como una prueba para ver si sale lo mejor o lo peor de nosotros como humanidad, de ambas se ha hecho gala en las noticias en estos últimos días… Han salido a relucir las más esperanzadoras historias de cooperación y solidaridad como también aquellas de discriminación y prejuicio…
• Los que plantean que esto un complot de los gobiernos para instaurar regímenes totalitarios y al fin instrumentalizar la pandemia como un medio para controlarnos limitando nuestras libertades civiles.

En fin, esta lista puede alargarse secula seculorum pues podríamos decir que interpretaciones de lo que nos pasa actualmente puede haber en igual número a los que habitamos este planeta. En cualquier caso, al margen de cuál sea su creencia y hago énfasis en este término, pues si algo ha sido
evidente en estos tiempos en que el racionalismo científico con su omnipotente preponderancia como formato con el cual entendemos la realidad, se ha quedado corto a la hora de explicar esto que estamos viviendo, más allá de la evidente conclusión de que solo es una simple casualidad.

Nuestra generación es la primera vez que se enfrenta a una situación de esta naturaleza. Pan de cada día, es ver el desfile de “expertos” en los sets de televisión o desde las redes sociales que vienen a darnos explicaciones racionales de lo que estamos viviendo así como consejos sobre lo que
debemos hacer (con esto no quiero implicar que no hayan unos que sean muy útiles), sin embargo, todos ellos vuelven a sus casas, a su estado de confinamiento a enfrentarse con sus propios demonios y quizás en muchos casos no logren ser coherentes con aplicar a su realidad lo que hace unas horas predicaron. Todos estamos aprendiendo a lidiar con esto, por esta razón creería que lo que nos está guiando para sortear esta pandemia es la intuición o en su defecto, la ausencia de esta.

A mi manera de ver, la certeza científica para enfrentar esta pandemia que trae tanta incertidumbre se reduce a unos pocos hechos (los únicos que hemos podido sistematizar gracias a experiencias pasadas): la necesidad de aislarnos para evitar el contagio y que nos debemos lavar las manos
constantemente. De igual forma, la subjetividad en torno a como enfrentamos esta situación se reduce también a un par de hechos: o le damos sentido a esto que estamos viviendo desde el MIEDO o desde el AMOR.

En mi caso, lo que yo he decidido creer para darle sentido a esta pandemia, es consistente con un aparte de lo que el padre Raniero Cantalamessa del Vaticano planteó durante su homilía de Viernes Santo (abril 10 de 2020): “Él (Dios) ha dado también de la naturaleza una especie de libertad, cualitativamente diferente, sin duda, de la libertad moral del hombre, pero siempre una forma de libertad. Libertad de evolucionar según sus leyes de desarrollo.”.

En esa medida me gusta pensar que, así como el hombre tiene libre albedrío, la naturaleza tiene lo propio y quizás esta pandemia es la forma de Gaia de llamarnos la atención invitándonos a tomar consciencia desde la introspección para que como individuos replanteemos la forma en que nos
relacionamos con esta, pues todo el tiempo hemos creído que estamos separados de ella y del resto de nuestros congéneres.

Este virus no conoce fronteras, su impacto en nuestras vidas ha hecho de las distinciones que nos separan como la raza, la religión, el poder, el género, el estatus socioeconómico y el nivel de Desarrollo sean totalmente irrelevantes. Precisamente, el “regalo” que nos trae el Coronavirus, es
la gran oportunidad de experimentar que todos en este planeta somos interdependientes, estamos conectados y somos parte de un Todo.

Como ha ocurrido en otros momentos de nuestra historia, también tenemos ese libre albedrio para rechazar ese “regalo”, y aferrarnos a nuestras viejas costumbres buscando perpetuarlas resolviendo nuestros problemas con los mismos elementos que los creamos. Los estragos que ha traído consigo nuestro actual modelo de Desarrollo son una clara evidencia de esto. Las guerras, las violaciones de derechos humanos, el cambio climático, la corrupción, la desigualdad, la discriminación, claramente son consecuencia del actuar de la humanidad, son nuestra responsabilidad y evidentemente no pueden ser un indicador de que vamos por buen camino como colectivo.
Tal y como se presenta en la existencia de todos los seres humanos, la tragedia, la pobreza, la enfermedad y la perdida, son los medios que emplea la vida para llamarnos la atención en torno a la necesidad replantearnos la forma en que la estamos viviendo.

Habrá ocasiones en que hacemos caso al llamado y emprendemos cambios trascendentales, habrá otras en que simplemente ignoramos la situación. Cuando ocurre lo último, usualmente llega otra situación mas compleja y mas adversa para enfatizar de nuevo el llamado. Esperemos que no nos
ocurra eso una vez se “estabilicen” las cosas.

No debemos desaprovechar este momento pues la ansiedad, las muertes, el hambre, la incertidumbre, los heroicos gestos del personal sanitario no pueden haber sido en vano. Quizás es hora de buscar un sentido desde la trascendencia, más allá de los hechos o de la simple casualidad a la que podemos atribuir desde nuestra infinita racionalidad la ocurrencia de esta pandemia.

Este es el momento para cambiar, pues como dice el adagio: “el que no conoce su historia está condenado a repetirla”. Siento que hay mucho apego a volver a lo que como humanidad veníamos haciendo a pesar de que sabemos que no es el camino a seguir, y creo firmemente que es eso
precisamente lo que nos ofrece el coronavirus, la oportunidad de reorientar nuestro rumbo.

Es común que cuando hablamos de cambio y la imperiosa necesidad de replantear la forma en que nos relacionamos entre nosotros y con la naturaleza, rara vez aludimos a nuestra responsabilidad como individuos. Estamos todo el tiempo juzgando a los políticos, al vecino, a los gobernantes, a los empresarios en resumen al otro, pues todo está afuera. Me atrevería a decir que si algo queremos todos los seres humanos es el cambio, pero pocos quieren cambiar. El cambio que necesita el
mundo solo vendrá de los efectos producidos por las transformaciones individuales.

Al margen de lo que creamos que está detrás de la pandemia o el sentido que le demos, lo importante es contribuir a crear el futuro que anhelamos. Esto implica que desde nuestro fuero interno nos responsabilicemos cada uno de lo que creemos que debemos cambiar para que se convierta en una visión. Logramos crear, lo que creemos cuando alineamos nuestra visión con nuestra verdad, es decir, cuando empezamos a ser coherentes entre lo que pensamos, decimos y hacemos.

¿Y tú, que vas a crear?

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